La desnudaba como quien talla una madera.
Sin dudas.
Lentamente.
Acompañando la observación con la simpleza de una caricia.
Transcurriendo en el suave devenir de una transmutación. Entre el silencio minucioso y la deformada figuración de una luz caprichosa que deambula en un espejo.
Invadido por esa humedad densa que despide la madera al ser abierta tras el primer descargo del martillo sobre un cincel agudo y afilado, pero tierno.
La desnudaba, descubriendo en la espesura de las sombras (corteza, tiempo, fragmentos de otro espacio), un recorrido de verdor y madreselvas. Un surco que se muestra abrumador
anónimo
solitario
ajeno
a la tibieza de un primer vuelo de pájaro, y la expresión dulce que supone esperar la muerte cuando se asumen los finales anunciados: con calma.
La desnudaba escudriñando enigmas no resueltos.
Complejas abdicaciones.
Fórmulas que sirven solo para completar las paginas de un libro añejo.
La desnudaba sin saber. Queriendo no saber. Refugiado en el anonimato de esa oscuridad abyecta, aprendía a sentir palabras sin sentido. Tomaban forma los rostros que nunca buscó. Vocablos que nunca sonarían en su boca.
El absurdo andamiaje de una nomenclatura, la quietud, la sonámbula anarquía de sus ojos construyendo sobre el lienzo una flor roja agazapada en su tallito.
La destreza inútil puesta en la contemplación del mañana...
E.P
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